jueves, 16 de febrero de 2017

La Carta de la Semana (17/02/2017): "LOS DIVORCIADOS"


Los cuentos infantiles acababan siempre de manera incompleta e irreal. La princesa y el príncipe lograban superar las dificultades, se casaban, y «fueron felices y comieron perdices». Allí, en el baile de la boda acababa la historia. ¿Qué pasaría después? ¿Cómo sería su vida ordinaria? ¿Cómo educarían a sus hijos? ¿Cómo superarían los problemas matrimoniales y los agobios familiares? ¿Siempre serían fieles? A estas cuestiones no alcanzaba el cuento.

La dinámica del éxito y la gramática de los fracasos. Porque la vida de todas las personas esta entretejida de éxitos y de fracasos, de frustraciones, de ratos tristes. Y la crisis es siempre necesaria para crecer y progresar. Nadie nunca ha sido capaz de lograr cosas grandes sin conocer el fracaso, la desilusión y la frustración. Incluso los cristianos, que hemos tenido el testimonio fundacional de una terrible frustración inicial al pie de aquella cruz, seguimos sin elaborar una verdadera teología del fracaso. Porque sin aquella cruz, la resurrección no sería causa de nuestra alegría.

En la vida de la mayoría de las personas el amor interpersonal y el compromiso mutuo de pareja pueden convertirse en «matrimonio». Las frustraciones de otros nos asustan y, en ocasiones, nos impiden asumir el riesgo de un amor definitivo e incondicional. Nadie se casa, de ordinario, imaginando la posibilidad de fracasar. Porque de cualquier fracaso matrimonial nace dolor, frustración, heridas, etc. ¿Quién toma decisiones buscando la infelicidad? Sin embargo, aunque luchemos y busquemos el éxito, la crisis y el fracaso son una posibilidad cierta.

Acompañar el fracaso, la crisis, la desilusión, es asumir la realidad como una historia real, no como un cuesto de hadas y princesas que entretienen la imaginación infantil. Las cosas pueden fracasar. Las decisiones pueden ser erróneas. Las decisiones pueden frustrarse. La fidelidad puede quebrarse. Y las causas son muchas. La mayoría se pueden evitar, pero otras son inevitables.

La diócesis de Tenerife ha puesto en marcha un servicio de acompañamiento de las familias heridas. Hace más de diez años que funciona un centro de orientación familiar con vocación de ayudar a los matrimonios y las familias a superar las crisis. Y, cuando no es posible superarla, mantiene el compromiso de acompañar a las personas en aquellas situaciones que surgen tras un fracaso matrimonial.

Como nos ha recordado el Papa Francisco, «estar divorciado no es estar excomulgado».

jueves, 9 de febrero de 2017

La Carta de la Semana (09/02/2017): "VIEJOS O ANCIANOS"


Dos términos que aparecen como sinónimos en el diccionario, al menos cuando se buscan los sinónimos de anciano, pero que no son exactamente lo mismo. Viejo y anciano no son exactamente lo mismo. Viejo puede ser mi coche, mi ropa, mi casa. Pero estas realidades, materiales y que se usan, nunca podrán ser ancianas. Anciano se reserva para las personas mayores, y sólo para ellas. Llamar viejo a un anciano puede ser una manera de cosificarles, de descartarles de algún modo de la dinámica social, de sacarles del circuito de influencia de la vida.

Incluso se puede decir viejo de un animal que cumple muchos años, de una mascota, pero a esos compañeros de viaje en la vida animada no se nos ocurre decirles ancianos. Un caballo viejo, un viejo perro, un gallo viejo… Los ancianos son sólo y exclusivamente las personas. Por eso, en la medida en que no sólo jugamos la partida del idioma en con el reglamento propio de nuestro castellano, sino que queremos distinguir con claridad quienes son personas y qué son cosas o animales, me gustaría reivindicar la eliminación decidida de cualquier forma de denominar a las personas mayores como «viejos». No lo son, ni lo pueden ser. Porque, aunque nos parezca que no son tan útiles como quienes ocupamos otros niveles cronológicos, que no es cierto en modo alguno, son personas y no cosas.

Cuando un anciano te mire a los ojos y te diga «Yo ya soy viejo», ten claro que ha comenzado a sentir que es más una cosa que una persona. No es viejo, se siente viejo, como un cacharro inútil y que molesta más que sirve. Mucho peor es hacerles sentir «viejo» porque no circula a la misma velocidad que nosotros o porque olvida algún detalle de vez en cuando. Bendita sabiduría africana que reconocer la pérdida de un anciano con el mismo valor que el incendio de una biblioteca. No es oportuno de modo alguno descartar a los ancianos. Una sociedad que descarta a sus mayores, no lo debemos olvidar, deja de tener futuro.

El sábado pasado celebró el movimiento apostólico Vida Ascendente el día de sus patronos. Simeón y Ana, aquellos ancianos de los que nos cuenta el evangelio que reconocieron al Niño Jesús cuando a los cuarenta días de nacido sus padres lo llevaron al Templo de Jerusalén. Vida Ascendente es un movimiento de personas jubiladas y mayores, de nivel internacional, que vincula actualmente a más de 20.000 españoles en cerca de 2.000 grupos que se reúnen a lo largo de la geografía española. También en nuestra diócesis de Tenerife está presente. Pues bien, el contenido de estas letras escritas me surgió al escuchar al Obispo, en el saludo, decirles que no está bien que fueran viejo, sino que debían ser ancianos.

Pues, eso. Que ni lo sientan ni se lo hagamos sentir. Viejos, no; ancianos.

jueves, 2 de febrero de 2017

La Carta de la Semana (03/02/2017): "PERSECUCIÓN Y HUMILLACIÓN"


Ignacio de Loyola fue un español del siglo XVI. Un soldado herido en su juventud. Un inquieto estudiante en la Universidad de París. El fundador de la Compañía de Jesús -los Jesuitas-, institución religiosa que, anciano ya, vio desarrollarse extraordinariamente alcanzando los continentes conocidos en una dinámica evangelizadora posterior a la crisis eclesial que dio origen al Concilio de Trento. Mientras Miguel Ángel pintaba la Capilla Sixtina y Maquiavelo escribía la obra el Príncipe, dedicada a César Borgia, y Juan Sebastián el Cano circunnavegaba con éxito alrededor de la tierra, el fundador de los Jesuitas pedía al Señor: «Dale a la compañía persecución y humillación». Extraña petición si no entendemos las palabras de Jesús en el evangelio de Mateo.

«Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». (Mt 5, 12)

Ser perseguido, ser humillado, cuando es por causa de la condición de discípulos de Jesús, es una dicha. Causa de alegría y regocijo. Porque toda obra humana será meramente humana si no es una obra que nos ayuda a alcanzar la comunión con Dios, alcanzar el «cielo» -expresión de lenguaje analógico que traduce dicha comunión eterna-. Ignacio de Loyola deseaba que su congregación fuera, no sólo una obra humana para os hombres, que no es poco, sino una obra para la gloria de Dios. Por eso concluía siempre sus escritos con la expresión «ad maiorem dei gloriam».

En la pared del despacho de la Parroquia del Perpetuo Socorro, en Finca España, había un azulejo decorativo con la siguiente leyenda: «Poco bien habrás hecho si no sabes de ingratitudes». Es curioso con qué facilidad se vincula el bien y la ingratitud, la labor de promoción integral de la persona y la persecución, la opción por la defensa del ser humano desde la concepción a su muerte natural con la humillación perseguidora. Como nos recordaba el Maestro en otra ocasión: «¡Ay si todos hablan bien de vosotros!» (Lc 6, 26).

Procuremos hacer las cosas bien. Intentemos hacer siempre el bien en las cosas que hacemos. Que cuanto hagamos tenga las raíces puestas en el Cielo. No nos preocupe si hacer opción por el bien de los demás aparece, a la luz de una inteligencia oscurecida por posturas ideológicas, como contracultural. Para quienes creemos en la verdad del pecado original no hay extrañeza en que el bien de la persona no coincida con la cultura dominante. Procuremos presentar la verdad y el bien de lo humano, aunque paladeemos la persecución y la humillación.

Bienvenido el gozoso y alegre don de la humillación y persecución.

jueves, 26 de enero de 2017

La Carta de la Semana (26/01/2017): "DEMOCRACIA REAL Y POSIBLE"



Hay palabras talismán. Su uso en medio de una conversación facilita la aceptación del mensaje o del discurso. Basta que la usemos para que convirtamos el mensaje en espontáneamente aceptable. Frente a estos términos talismán, otros contienen una carga meta-semántica tal, que su mero uso genera rechazo a todo el discurso. Y esta experiencia es normal, porque el lenguaje es una realidad viva que cambia con la evolución de la cultura de una particular sociedad.

Hablar de participación democrática es un concepto talismán. Todo cuanto se produce como consecuencia de la participación, del consenso de la mayoría, de la libre elección, de por sí y sin discernimiento añadido, se considera bueno y fuente de bondad. Nos tienen que recordar que Hitler fue elegido democráticamente por el pueblo alemán para que generemos cierto nivel de reflexión pre-democrática. Siendo el menos malo de los sistemas en el que las sociedades se han gobernado hasta ahora, creo que nos viene bien no talismanizar el término y, mucho menos, obsesionarnos de manera acrítica con toda forma de participación social.

¿Pueden las mayorías parlamentarias, con su elección libre y democrática, designarle a una sociedad lo que es bueno o malo, objeto de juicio moral? ¿Hay alguna realidad o principios anteriores a nuestra opción personal? ¿Hay límite para nuestra libertad en algún aspecto de nuestra vida, o todo es elegible? Dependiendo de la respuesta a estas preguntas tendremos patologías democráticas, obsesivas y, en ocasiones, socialmente compulsivas.

No todo se puede elegir. Yo no elegí a mis padres, ni elegí mi lengua materna, ni elegí buena parte de mi temperamento. Hay cosas que me han venido dadas. Las leyes naturales no se pueden elegir; están ahí, y es conveniente conocerlas bien para no accidentar la vida.

Un error que se suele dar es la elección o establecimiento por parte de nuestros representantes políticos de aspectos que nos tocas a nosotros, y por otro lado, tienen la tentación de impedir participar en lo que verdaderamente nos correspondería.

Esta reflexión me viene espontáneamente ante el reciente acontecimiento de la toma de posesión e inicio del 45 presidente de los Estados Unidos de América.

Somos libres, pero no todo lo puedo elegir.

jueves, 19 de enero de 2017

La Carta de la Semana (19/01/2017): "EL MALTRATO ANIMAL"


El sadismo se define como «la crueldad que produce placer a la persona que la inflige». Maltratar, lastimar, herir, lesionar, son sinónimos que explicitan actitudes sádicas. En definitiva se trata de un acto egoísta que busca un bien para la persona que posee algo de patológico. Ver sufrir a otra persona y no despertar compasión está lejos de la verdad de lo humano. Ver sufrir innecesariamente a otro ser y no evitarlo nos habla de emociones patológicas.

Pero en torno a este tema existen no pocos choques culturales. Para unos, amparados en la superioridad de la persona sobre los animales, minimizan su dignidad; para otros, buscando el bien de los animales, les conceden derechos que son propios e inherentes a los seres humanos. Hace falta mirar con rigor y serenidad, también con exigente responsabilidad humana, este tema. ¿Hasta dónde es legítima la experimentación médica con animales? ¿Hasta qué punto los animales están al servicio de las personas? ¿Hasta qué punto podemos hablar de «derechos» de los animales? Tal vez nos puedan ayudar cuatro números del catecismo, del 2415 al 2418.

«El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38). / Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri. / Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas. / Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.»

Quiero repetir estas palabras: «Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrifica sin necesidad sus vidas». O sea, es contario a la dignidad humana cualquier manifestación de sadismo al respecto.

Ser digno exige tratar a los otros con dignidad…

jueves, 12 de enero de 2017

La Carta de la Semana (12/01/2017): ¡QUIERO VER EL CEMENTERIO!


La semana pasada murió la madre de un compañero. Extrañas coincidencias enterrar a una madre el día después de la celebración de la Epifanía o de los Reyes Magos. Seguro que no fue el mejor regalo recibido. Los contrastes en nuestra vida son tantas veces dramáticos… Por fuera de la cripta del cementerio me encontré con un viejo amigo de mano de su hija y de su madre. La niña estaba contenta con los muchos regalos que le habían traído los Reyes. Pero lo que me llamó la atención fue la insistencia con la que reclamaba a su padre: «vamos, papi, quiero ver el cementerio…». Los contrastes en nuestra vida. Una niña llena de vida, feliz por sus regalos, quería ver el cementerio… Seguro que para ella, con las pilas de la vida cargadas de energía, morir es tan normal como haber desayunado esta mañana. Porque quienes se mueren son ellos, los otros, los mayores.

Todo cambia cuando no son ellos los que mueren. Cuando eres «tú» quien mueres. Un tú que ubica a la esposa con la que se convivió más de cincuenta años, un tú que identifica a mamá, con quien no era necesario fingir ni guardar muchos secretos. Supongo que será inadecuado que nos encontremos de repente con que sea «yo» quien muera sin haber tenido la ocasión durante la vida de ir conjugando la muerte.

Sin duda, enfermar gravemente o morir es de los contrastes más desgarradores de la vida. Es tan normal como hiriente descubrir que alguien a quien se quería murió. Es lo más seguro de cuanto está por llegar en cada uno de nuestros futuros. Normal y, sin embargo, desgarrador cuando llega. No es un paseo de ida y vuelta. No es una despedida sin más. Es un adiós. Una desaparición del horizonte de nuestra mirada. Un «ya no está» donde normalmente se le encontraba.

La muerte es un parto doloroso. Jesús lloró en dos momentos: ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11, 35) y envuelto en sudor y sangre en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 37). Aquella era la muerte de un «tú», ésta era la cercanía de la muerte del «yo». Y, sin embargo la tristeza y las lágrimas, era la hora en que iba a ser glorificado el Hijo (Jn 17, 1). ¿Puede haber gloria alguna en la muerte? Los contrastes de nuestra existencia…

El tiempo presente y el tiempo futuro se funden en la eternidad. La tristeza se convertirá en alegría. Porque quien lloró por su amigo, quien sintió tristeza y angustia ante su propia muerte, no quedó en el sepulcro como reliquia para la historia. Su vida es la semilla de nuestra esperanza. El testimonio de este acontecimiento es tan potente, que los contrastes dramáticos son reconquistados en glorificadores. Es un regalo la muerte cuando se vive en la esperanza.

No importa si lloras. Las lágrimas se convertirán en gozo.