miércoles, 23 de noviembre de 2016

La Carta de la Semana (24/11/2016): "ME QUEDÉ CON HAMBRE"


Entre todos, tiramos más de mil quinientos millones de toneladas de alimentos en un año. El titular decía así: “Se desperdicia más comida en el mundo de la que podrían consumir todas las personas hambrientas”. Este dato se dio en un programa de radio que analizaba la problemática en torno a las fechas de caducidad que las empresas están obligadas a señalar en los embases en los que ofrecen a la venta sus productos. Fechas muy cortas, embases muy grandes… Lo cierto es que más de mil quinientos millones de toneladas… Mucho peso, creo yo.

La noticia se desarrollaba con un comentario sobre lo que supondría todo ese peso de alimentos. Es más de lo que toda la humanidad entera necesita durante un año para estar bien alimentada. Esto, dicho así, con la crudeza de los números, despierta interrogantes y arruga la boca del estómago. ¿Cómo puede ser esto posible?

Indago en la red en busca de ampliación de la noticia, porque me parece impresionante el dato. ¿Sólo con los que botamos, porque se nos caduca, o lo que no se vende por estar ya cercana la fecha de caducidad, se podría alimentar toda la humanidad durante un año? O sea, que botamos más de lo que necesitamos. Algo parecido a la caza deportiva en la que se abaten animales que no son utilizados en las necesidades alimenticias de la familia. O sea, matar por matar. Botar porque falta poco para su caducidad. Tirar por tirar, vaya.

Oxfam Intermón señala el libro en el que se publican esos datos. Se titula “Despilfarro”. Su autor, Tristram Stuart, denuncia el despilfarro alimentario que se produce en el mundo. Según él, sólo los 40 millones de toneladas de alimentos despilfarrados en los EEUU cada año podrían alimentar a los 1.000 millones de personas que se van a la cama con hambre cada día.

Ante esta noticia tengo la tentación de la demagogia. Es la tentación fácil. Me asalta, además, la tentación de mirar hacia los culpables de la situación. Me asalta la pregunta por cómo sería posible la solución… Y es el silencio lo que aparece en mi cabeza. A punto de iniciar el ciclo litúrgico de Navidad con el tiempo de Adviento, cuando estamos a punto de que se enciendan las noche en blanco en varios municipios, cuando se vislumbra la mesa de Navidad y los excesos acostumbrados, me quedo en silencio, sin palabras y tentado de apagar el ordenador. Me asusta lo que leo. Me siento culpable…

Me quedé con hambre.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La Carta de la Semana (17/11/2016): "RECONOCER Y FELICITAR"


Una de las asignaturas pendientes de nuestro sistema educativo ha sido la educación de la mirada. Miramos la realidad, pero nos cuesta ver en ella cuando hay de constructivo y reconocer cuando es ocasión de bien y de crecimiento personal. La mirada ante la realidad es fundamental para ubicarnos adecuadamente en ella. Las relaciones interpersonales, el uso de los bienes materiales, entre otros aspectos, supone una adecuada manera de asirnos de la realidad. Tentados de dominadores y dueños o de sujetos perfectos, a las cosas y a las personas tendemos a poseerlas, a controlarlas, y de ese modo no nos dejamos impregnar del bien que la realidad encierra y que sólo descubre una mirada atenta y agradecida.

Es normal que llame la atención lo extraño o extravagante. El lunar nos hace fijar la vista en ese trozo oscuro de la piel ajena o propia. Pero siempre hay más piel que el estrecho diámetro del lunar. Y si no miramos bien, la crítica, la burla, la palabra hiriente suele ocupar el primer puesto en nuestro lenguaje. Los otros se convierten en rivales, en estorbos, en… lunares. Y lo cierto es que en cada persona, situación o cosa hay un bien para nosotros. Todo encierra un bien que hay que contemplar con una sabiduría renovada. Estoy convencido de ello porque me creo aquellas palabras en relación al Autor de la realidad que dicen que “… vio que todo era bueno” (Gn 1, 31). Para mirar así hay que educar la mirada.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocer el bien del otro? ¿Por qué nos resistimos tanto a la hora de felicitar, agradecer, apoyar, empujar, elogiar…? ¿Porque no hay nada que reconocer o porque el lunar nos impide ver la claridad amplia y hermosa de la piel? No vemos cuando miramos. Conocemos las cosas sin re-conocerlas. No nos dejamos mirar por el regalo de la realidad que nos construye.

No hay que ser ingenuo. Hay cosas que mejorar, que corregir, que superar. Pero uno puede empeñarse en pellizcar y eliminar el lunar consiguiendo que sufra y sangre toda la piel. Los hijos necesitan el reconocimiento y la felicitación de sus padres, los alumnos de sus profesores, los compañeros de trabajo de sus responsables. La propuesta estimulante y propositiva es siempre un camino más oportuno que la represión y la negativa valoración. Ya sabemos que nadie hace todo bien, en todo y siempre. Pero todos hacen muchas cosas bien, y buenas para nosotros.

Incluso en el corazón del amor humano que fundamenta el matrimonio debe existir un amplio espacio para el reconocimiento y la felicitación si queremos que no se agote el arrullo del amor. Felicitemos a los demás. No nos avergoncemos de elogiar al otro. No se nos arrugue la mirada.

Felicidades, queridos lectores…

viernes, 11 de noviembre de 2016

La Carta de la Semana (10/11/2016): "EL CARRO DE LOS HELADOS"


Podemos clausurar el Año de la Misericordia, pero no podemos clausurar la Misericordia. Es imposible clausurarla y, además, del todo inconveniente.

El próximo domingo, a las 17:00 h de la tarde, se clausurará el Jubileo Extraordinario de la Misericordia convocado por el Papa Francisco y que nos ha dado ocasión en el presente año a conocer mejor y experimentar con mayor profundidad esta nota distintiva de la naturaleza divina que es la forma activa y externa del amor. La misericordia tiene rostro y no es un mero sentimiento compasivo, sino una experiencia que se puede percibir en los actos de misericordia que alcanzan la hondura de cualquier decisión humana. Se puede ser o no ser misericordioso. Y la diferencia es fruto de una decisión.

¿Qué queda tras un Año Jubilar como éste? ¿Qué huella histórica se mantendrá permanentemente entre nosotros? ¿Será el mero recuerdo de una iniciativa pontificia o será una cicatriz de bondad, un tatuaje de misericordia marcando nuestra identidad y provocando que seamos un poco más imágenes de la divinidad? No puede quedarse en los memoriales y documentos de historia, sino que ha de atravesar la realidad humana de cada uno de nosotros sosteniéndonos en la decisión de revestir nuestra realidad como hombres y mujeres misericordiosos.

La semana pasada les comenté aquel cuento que narraba la jubilación del diablo y la venta de sus herramientas de trabajo. La más gastada era la desesperanza. Pues permítanme que les recuerde, que frente a su taller el “hijo del carpintero” puesto un carrito de helados -los vende muy baratos- con sabor a misericordia. Son muy sabrosos y a la vez un antídoto extraordinario para el terrible calor que produce la fachada del mencionado taller. Los hay de diferentes sabores y hasta de variedad de colores. Cuando se toma no sólo se refresca la vida de quien lo toma, sino su alrededor. Nos refrescan corporal y espiritualmente: Visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos o enterrar a los difuntos. También enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, y rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Acabará el Jubileo, pero no puede acabar la misericordia…

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La Carta de la Semana (3/11/2016): "LA MUERTE ES FEA"


La semana de los muertos… Nos han invadido y conquistado culturalmente haciéndonos olvidar el sentido verdadero de la vida. El protagonismo lo han dejado de tener los vivos y se lo hemos dejado a los muertos, al susto y al miedo. La sospecha de que todo termina con la muerte y el pánico ante lo inevitable le ha dejado poco espacio a la esperanza de que la vida no termina, transformada por una luz y belleza inaudita. Cuando nos despistamos de la grandeza del Dios de la vida aparece el susto y la ironía con aquello que no nos gusta recordar. Es la fealdad del gusano que aún no es mariposa. Y sin esperanza renunciamos a sus alas y a su vuelo, ahogándonos en la oscuridad de la crisálida.

Estos días he recordado a todos aquellos seres humanos que han dejado la vida natural y que habitan la vida sobrenatural. Los he recordado el primero de noviembre en la Solemnidad de Todos los Santos, y los he recordado el día dos de noviembre en la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. Lo he hecho con la liturgia cristiana que empapa el final de la vida en la Esperanza. Me he sentido invitado a la sorpresa y a la transformación barruntando, en la confianza del testimonio de Jesús, que también yo tendré espacio en la vida eterna. El mes de noviembre es el mes de la Esperanza. Triste vida la que sólo tuviera un horizonte temporal tan estrecho como el que contemplamos a nuestro alrededor. Pero esa tristeza infinita se disuelve en un amor infinito que llena de sentido cada instante de nuestra escasa temporalidad.

La muerte es fea, triste, seca, misteriosamente estrecha… Nos llena de temores y de dudas, de miedos e incertidumbres. Pero hay en mi corazón una resistencia a la angustia y al hastío. Hay un espacio resistente a la desesperanza.

Cuentan que el Demonio se jubiló y puso en venta toda su herramienta. La más gastada estaba colgada de la pared de su taller al final. Nadie la había comprado. Brillaba más la envidia, la lujuria, la soberbia… Pero allí, gastada, vieja y sucia por el uso estaba colgada de un clavo oxidado la desesperanza. Por ella nos conquista el mal para sí y nos limita e incapacidad para el bien.

La desilusión, la desesperanza, la desconfianza… Terribles armas que nos destruyen porque destruyen en nosotros la esperanza. Sin esperanza no hay deseo ni motivación para el esfuerzo. Estamos vendidos y perdidos.

Santos y santas de Dios, rogad por nosotros.